La noche del pasado viernes, el Club Chocolate se convirtió en el epicentro del sonido envolvente y potente de la banda japonesa Boris, que llegó a Chile como parte de su gira «¿Recuerdas los días rosas?». Este tour celebra dos décadas desde el lanzamiento de su aclamado álbum «Pink» (2005), el cual ha influido en innumerables géneros y ha dejado una huella indeleble en la escena musical internacional. A medida que el público llenaba el recinto, se podía sentir la anticipación en el aire, y una vez que Boris comenzó su espectáculo, el piso no fue el único que vibró, sino también las almas de aquellos presentes, cautivados por la energía desbordante y el talento sin igual de la banda.
La experiencia musical fue todo un viaje sonoro. La apertura con la ambiental y ruidosa «Blackout» sirvió como un teletransportador hacia un mundo de sensaciones, antes de que el ritmo se intensificara con la llegada de «Pink» y «Woman on the Screen», canciones que desataron la locura en las primeras filas. La mezcla de estilos musicales que Boris orquesta con maestría, desde el punk hasta el doom y el post-rock, se traduce en un torrente de energía y creatividad que hizo de este show uno de los más memorables del año en la ciudad. Con un sonido que evocaba tanto a Black Sabbath como a las vanguardias contemporáneas, el sonido de Boris retumbó en cada rincón, dejando al público sin aliento.
El público de la noche fue un ejemplo perfecto de la diversidad que la música puede unir. Desde fervientes admiradores de la cultura japonesa hasta metaleros y amantes de la música experimental, todos compartieron la emoción de presenciar a una de las bandas más influyentes de la escena alternativa. Este crisol de espectadores exaltó la atmósfera del concierto, al punto que el cariño hacia la banda se manifestó en un cálido homenaje a Wata, quien fue sorprendido con un «Cumpleaños feliz» en pleno show, acompañado de una torta que adornó la escena con un toque de camaradería y fiesta.
El desarrollo del concierto continuó en una montaña rusa de intensidad, como si Boris estuviera en una danza perfecta con su audiencia. Cada tema fue una nueva exploración de texturas y ritmos, manteniendo a todos en un constante vaivén emocional. Los stagedives, la interacción intensa entre Atsuo, Takeshi y el público, y la locura que desató la banda desde el escenario hicieron de esta una noche absolutamente inolvidable, elevando la presentación a niveles épicos que recordarán los asistentes por mucho tiempo.
El cierre del show fue monumental, con un encore que trajo consigo «Feedbacker» —una pieza que mezcla noise, post-rock y drone metal— llevándolos a un clímax emotivo. La ovación que recibió Boris, tras once canciones que maravillaron y desafiaron a todos los presentes, fue el tributo perfecto a una banda que no solo ha sabido consolidarse en el mundo del doom, sino que ha enseñado cómo tantos géneros pueden coexistir y crear algo poderoso y único. Esta conexión, a través de la música, no solo dejó a los asistentes satisfechos, sino que les brindó una experiencia que perdurará mucho más allá de la noche en el Club Chocolate.
















